PEÑA

Claudia Peña

Nace en Santiago de Chile en 1970.
En 1990 ingresa a la facultad de artes plásticas de la universidad de Chile a estudiar pintura hasta 1994.
En el 2001 se gana la Beca Amigos del Arte.
Ha participado en numerosas exposiciones en Chile,
Argentina,Perú,Méjico y Estados Unidos.

KITSCH Y CHIC, EL DUELO

La obra de Claudia Peña es declaradamente autobiográfica, “un relato emocional” según palabra propia. Los yoes de la artista se desdoblan en yogui, jardinera, cocinera y mujer ánima que vela a la niña que fue. Ahí están sus vestidos colgados, los espectros han entrado en la casa, la intimidad y sus fetiches envuelven a la que recuerda.

Una luz nublada y pareja sostiene la preciosura doméstica de alfombras, encajes y flores bajo las que prolifera la carcoma. No hay colores puros en La casa difunta sino mezcla de complementarios lo que confiere a lo pintado la atmósfera apagada de las cosas idas. Los platos se quebraron, se enfrió la sopa, se pudrió la fruta.

El humor y la ironía perforan el relato del duelo; la niña sorda y ciega usa rodajas de salame en vez de anteojos y una cuelga de prietas la atraviesa por las orejas.

El realismo de Claudia Peña es inconfundiblemente intenso y personal. Su dominio del oficio se complace en el detalle y al valor de saber pintar y dibujar se añade en ella una consistente asimilación de los lenguajes contemporáneos. En particular la estética del fragmento opuesta al relato lineal. En vez de la lógica controlada de lo diurno su barroco imaginario se acoge a una sintaxis nocturna y discontinua que construye un mundo infiltrado por fantasías de mutilación.

“El caos existe” se lee bajo la cabeza recortada de la mujer con una rata haciendo nido en su pelo. Un puerquito husmea la cabeza de su mamá que, como la de Juan Bautista, reposa en una palangana; un perrillo decapitado permanece a los pies de su dueña con uñas de luto; manos cercenadas lucen puños de encaje.

Para la composición de las escenas la autobiógrafa recurre a menudo a una simetría que se parece a la de las estampas religiosas, al calculado equilibrio de pesos que caracteriza a las naturalezas muertas.

En su taller Claudia Peña acumula un considerable cachureo con el que alimenta sus representaciones. Chucherías provenientes de ferias callejeras, fotografías tomadas por ella misma a su fox terrier, tarjetas postales, pedazos de porcelana, retazos de género.

Su manía recolectora podría compararse a la excitación de un detective en busca de evidencias, a la pasión de una arqueóloga imaginando los tesoros que esconde un basural

De entre el conjunto de rastros Peña seleccionará las piezas para sustentar sus conjeturas pictóricas.

Varias de las imágenes que almacena en cajas y cuadernos provienen de impresos destinados a las dueñas de casa como las ofertas carnívoras de los catálogos de supermercado (ver “Cocinando con Mónica”). Al elenco de recortes se suman objetos tales como piezas torneadas de muebles antiguos, detentes para repeler a Satanás, mantelitos de plástico que simulan bordados primorosos.

La inmersión en el depósito de materiales recogidos forma parte del proceso creativo. La mayoría de las cosas permanecerá en el secreto de sus cajas quedando como contexto ausente. Las que trasladará a cada tela son las piezas que se ajustan a la tensión de las adivinanzas que son cada uno de sus cuadros.

Las variaciones del rostro protagonista de la serie derivan de una foto encontrada en un suplemento femenino y el diseño de los ataúdes proviene de La lira popular. También juegan un papel importante las citas a la “alta cultura” tales como el recurrente cordero de Zurbarán y las flores que toma en préstamo a los pintores flamencos del siglo XVIII. Kitsch y chic se dan desjerarquizadamente la mano.

Los realistas (también en literatura) emplean el concepto de “traducción” para referirse a lo que persiguen. En ésa línea Claudia Peña se aboca con obsesivo afán a la reproducción perfecta de porcelanas chinas, drapeados, llagas y libros de cabecera en cuyos lomos se alcanzan a descifrar los títulos: “La náusea”, “Crimen y castigo”, “Pedro Páramo”.

En relación al tema de la autobiografía tal vez no esté demás traer a cuento que la femenina y masculina presentan históricamente rasgos distintos. Ya es un lugar común decir que el hombre se ha desarrollado en el ámbito público y la mujer en el privado. En el marco de esta oposición binaria el canon dominante del género autobiográfico estimaba que para que una narración valiera la pena debía ofrecer hechos objetivos notables y comprobables. Descubrimientos científicos, heroísmos físicos, luchas políticas, hazañas intelectuales.
Para narrarse a sí misma la mujer hubo de enfrentarse síquicamente al peso de la tradición. Las santas y monjas geniales, como Teresa de Jesús y Sor Juana Inés de la Cruz tuvieron que crear lenguajes polivalentes para evadir la censura de sus confesores. Escribe ésta última al suyo «Cuántas serían las aflicciones de mi corazón, no lo sé explicar yo” «No tienen cuenta estas cosas, ni sé cómo desirlas» «De aquí no quisiera pasar, aunque mi pena y dolor se vuelven a renovar”.
Aunque haya pasado mucho tiempo, siglos, la palabra corazón sigue siendo clave. Por eso la autobiografía femenina, escrita o pintada, es más del cuerpecito y de las entrañitas, más del amorcito, que la de los hombres.

Obras